En primer lugar, es importante que los niños puedan seguir la celebración. Por eso, siempre que es posible elegimos el primer banco. ¿No nos aburriríamos también los mayores si solo viésemos la espalda de los que se sientan delante? Sentándonos en la primera fila los niños tienen contacto visual con lo que allí se celebra y, así, se puede iniciar la participación en la misa.
Para mis hijos, otro punto que "les da vidilla" es encontrarse con amiguitos, pues saben que al acabar la misa podrán jugar en el atrio al pillapilla o al pollito inglés. Esto, poco a poco, va haciendo comunidad, va haciendo iglesia, y esperamos que ayude a que quieran ir a la iglesia cuando tengan quince años.
En cuanto a los más pequeños, de hasta 4 años, tenemos un truco (que puede ser criticable pero a nosotros nos funciona) que es darles algo de comer durante la misa. Nuestro snack favorito para este momento son las galletitas saladas ya que se las meten enteras en la boca y no manchan ni hacen migas (en otro artículo os contaba que también sirven para quitar el mareo en el coche). Solemos poner nuestra mochila abierta, con el bote de las galletas dentro también abierto, por disimular un poco. Y así, van tomando algo y se les hace más ameno el ratito. Esta estrategia sólo la utilizamos, como ya he dicho anteriormente, con los pequeños hasta que cumplen cuatro años aproximadamente. Hablando de dar de comer, ni cabe decir que si aun toma pecho, esto les hará estar tranquilos, incluso dormidos.
Como conclusión, los niños deben participar de la celebración de la Eucaristía viendo, cantando, etc. Si los niños se acostumbran a vivir con alegría esta fiesta, cada vez será más fácil participar, ya que se integrará dentro de la vida de la familia como la rutina más maravillosa e importante de la semana.
¿Os animáis a ponerlo en práctica?



2 Comentarios
Claro que sí!!
ResponderEliminarClaro que es una maravilla!!
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